domingo, 14 de diciembre de 2008

Sin argumento. Con arte







Algunas obras artísticas del cine o la literatura no cuentan con un argumento como la mayoría. Ni siquiera con uno encubierto a través de las imágenes. Sólo nos muestran otro aspecto del arte. Los ejemplos son muchos pero ahora me vienen a la mente “Kid auto races at Venice” (fotograma) del maestro Charles Chaplin, película filmada en 1914 y conocida aquí como “Carreras sofocantes”. No hay argumento, solo improvisación y un irrefrenable deseo de Carlitos de querer salir en las cámaras que están filmando una carrera de niños. Y uno de los cortos más desopilantes de Chaplin y con gags de lo más cómico de la historia del cine.
Por otro lado, “El baile” (fotograma) de Ettore Scola (Le bal, 1983) tampoco presenta un argumento y es el ejemplo por excelencia de que se puede realizar un sublime exponente del arte cinematográfico sin contar con argumento definido.
Y cientos de ejemplos contiene la literatura. Acá va un cuento que se acerca un poco a ello. Se llama “Los doce haraganes” y fue escrito por los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm (retrato). Es muy corto, así que lo leí y releí varias veces. Todavía me sigue causando gracia. No hay argumento general del cuento. Solo doce personas que a su turno dicen algunas palabras relacionadas con su calidad de vagos. En alabanza a su vagancia de su parte. Y para nosotros, una muestra más de que los hermanos Grimm nos alegraron nuestra infancia con sus cuentos infantiles y que pueden seguir haciéndolo en las demás etapas de la vida.
Edgardo Salatino.

LOS DOCE HARAGANES
Doce mozos que en todo el día no hicieron nada útil, al atardecer, para no cansarse, se tendieron sobre la hierba y se dedicaron a jactarse de su gandulería. Dijo el primero:
-¿Qué me importa vuestra pereza? Bastante tengo que hacer con la mía. Mi ocupación principal es cuidar de mi cuerpo; como bastante y bebo otro tanto. Cuando llevo cuatro comidas en la tripa, ayuno un ratito hasta que se me vuelve a abrir el hambre; es el régimen que mejor me va. Madrugar no es para mí, y hacia el mediodía ya me busco un lugar donde descansar. Si llama el amo me hago el sordo; y si vuelve a llamar espero un rato antes de levantarme, y luego me dirijo a él andando muy despacio. De este modo la vida se puede soportar.
Dijo el segundo:
-Mi trabajo es cuidar de un caballo; pero le dejo el bocado en la boca, y cuando no tengo ganas no le doy pienso y digo que ya ha comido. En cambio, me tumbo en el depósito de avena y estoy cuatro horas durmiendo. Luego estiro un pie y lo paso un par de veces por el cuerpo del caballo. Y así lo amohazo y limpio. ¿Quién va a reparar en ello? Pues aún así, el servicio se me hace pesado.
Habló entonces el tercero:
-¿Para qué cargarse de trabajo? No se saca nada. Yo me tendí al sol y estuve durmiendo. Empezó a gotear pero, ¿por qué levantarse? Dejé que lloviese, en nombre de Dios. Al fin cayó un chubasco tan fuerte que me arrancó los cabellos y se los llevó, y me abrió un agujero en la cabeza. Le puse un parche y santas pascuas. Accidentes así he sufrido ya varios.
Intervino el cuarto:
-Cuando tengo que empezar algún trabajo, primero lo pienso una horita para ahorrar fuerzas. Luego me pongo a la faena con gran cachaza; pregunto si no han alguien que pueda ayudarme y, en caso de que se ofrezca alguno, le dejo la labor y yo me pongo a mirarlo. Pero aun esto me resulta demasiado.
Dijo el quinto:
-¡Eso no es nada! Figuraos que yo debo sacar el estiércol del establo y cargarlo en el carro. Pues me pongo a hacerlo muy despacito y cuando he recogido un poco en la horca. La levanto a mitad de la altura y me estoy descansando un cuarto de hora antes de echarlo en el carro. Por lo demás, una carretada al día me basta. Malditas las ganas que siento de matarme trabajando.
Tomó la palabra el sexto:
-¡Se os tendría que caer la cara de vergüenza! A mí no me asusta ningún trabajo, pero me estoy tumbado tres semanas sin quitarme la ropa ni una sola vez. ¿Para qué hebillas en los zapatos? ¿Que se me caen de los pies? Bueno, no importa. Si he de subir una escalera pongo un pie delante de otro con toda calma y subo el primer peldaño. Luego cuento los que quedan para ver dónde hay que descansar.
Dijo el séptimo:
-Conmigo esto no reza, pues mi amo vigila mi trabajo. Suerte que se pasa el día fuera de casa. Pero yo no pierdo el tiempo y corro todo lo que se puede correr cuando se anda arrastrando los pies. Y no hay manera de hacerme ir más de prisa, a menos que me empujen cuatro hombres fornidos. Un día vi un catre en el que dormían seis hombres, uno al lado del otro. Yo me eché a dormir también y no hubo quien me despertara. Cuando quisieron que me fuera a cada tuvieron que llevarme.
Habló el octavo:
-Bien veo que soy el único que lo entiende. Si encuentro una piedra en mi camino no me tomo la molestia de levantar la pierna para pasarla, sino que me tiendo en el suelo; y si estoy mojado y lleno de barro y suciedad sigo tumbado hasta que el sol me seca. A lo sumo, me vuelvo de vez en cuando para que me dé encima.
Metió baza el noveno:
-Eso no es nada. Esta mañana estaba sentado delante de un pan, pero sentía pereza de alagar la mano para tomarlo. Por poco me muero de hambre. Y había también una jarra, pero era tan grande y pesada que, por no levantarla, he preferido sufrir sed. Hasta el volverme resultaba demasiado esfuerzo; y me pasé el día tendido como un tronco.
Intervino el décimo:
-A mí la gandulería me ha producido bastantes perjuicios: una pierna rota y una pantorrilla hinchada. Éramos tres, tumbados en un camino. Llegó otro con un carro y las ruedas me pasaron por encima. Claro que habría podido retirarlas, pero es que no oí venir el carro. Los mosquitos me estaban zumbando en los oídos y se me entraban y salían por la nariz y por la boca. ¡Pero cualquiera se toma la molestia de espantarlos!
Dijo, a su vez, el undécimo:
-Ayer despedí a mi amo; estaba cansado de llevar y traer sus pesados librotes; no acababa en todo el día. Aunque, a decir verdad, fue él quien me despidió. No quiso que siguiera a su servicio porque sus ropas, que yo tenía abandonadas entre el polvo, estaban apolilladas. Y tuvo razón.
Y por fin habló el duodécimo:
-Hoy tuve que salir al campo en el carro. Con paja me arreglé una yacija y me eché a dormir. Se me cayeron las riendas de la mano y, al despertar, vi que el caballo casi se había soltado. Habían desaparecido los arreos: la lomera, la collera, la brida y el bocado. Había pasado alguien y se lo había llevado. Además, el carro estaba atascado en un charco. Yo no me apuré y volví a echarme a dormir sobre la paja. Al fin tuvo que venir el amo en persona y desatascar el carro; y si no lo hubiese hecho, no estaría yo aquí ahora. Seguiría en el carro, durmiendo tranquilamente.

1 comentario:

ABovino dijo...

Realmente maravilloso. Me encantó el de la lluvia y los pelos.

Saludos,

AB